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Fue unos de los momentos más amorosos de la relación y era el final. De un final extendido. Fue un momento de luz y de calidez, de miradas tiernas y roces de las menos tibios. Me preguntaste si tenía monedas para el colectivo, te dije que sí. Hablamos de unos relatos míos. Te dije que no le enviaría los cuentos a un editor sin consultarte. Hablamos con la tranquilidad de una pareja que se conoce. El taxista estaría escuchando la conversación como quien escucha a un matrimonio establecido. Con sus rutinas pautadas. Dos personas con los silencios establecidos.

Cuando bajé del taxi las monedas no me sirvieron para nada porque no venía el colectivo; ninguno de los que me llevaba. Tomé otro taxi que iba por Callao en una mañana de sábado. Pensaba en la publicación de mis relatos y no en lo que acababa de pasar. Los dos sabíamos que esa conversación había sido la última. Esa mañana había sido la última mañana que despertáramos juntos. Así fue.

Lo nuestro había sido una constante dilatación de la finitud. Llevar un límite por fuera del tiempo mismo: eso fue lo que permitió la supervivencia de lo “nuestro”, una ilusión compartida. Una ilusión compartida o admitir que los dos sabíamos que eso tenía una fecha de caducidad, lo digo en esos términos administrativos a propósito.

Sí, lo sabíamos, muy a pesar de la costumbre de nuestros cuerpos. De la comodidad de el ser con, esa red de significaciones que tejer uno para estar agarrado a algo, no, no, a alguien. Sí, era eso, y era bueno. Cuesta no pensar en las cosas que compartíamos que eran muchas. Nadie puede creer eso. Nadie puede creer que no nos aburríamos juntos. No, no nos aburríamos.

La noche anterior te pasé a buscar por un lugar, nos encontramos en una esquina. Traté de pensar que era una noche más. Actué ese final. Traté de ponerlo en las línea de rutinas: comprar para hacer una picada, planear qué tomaríamos. Traté de que la lógica gane y ponga a los hechos en una sucesión de hábitos. La lógica no sirve como dice Derrida, dos más dos dan por lo menos cinco. Bueno, esa noche, dos más dos, como mucho tres.

La charla de manual acerca de que no debíamos vernos más. Una cena frustrada. O una cena con demasiada comida para el espacio que había, para el poco oxígeno que quedaba para digerir, todo eso se convirtió en algo verde y putrefacto. Literalmente:  en un hecho podrido. Porque…

Porque lo dicho no era real y los lazos creados por el lenguaje doblemente falsos. Diferidos n veces. Las palabras corrompidas todo lo que un cuerpo puede soportarlo. Y, ¿ese era el fin de la miseria? ¿Era ese el final de un ejercicio de acción sobre el cuerpo por medio de las palabras y los susurros?: No.

La miseria se impone más de una vez y con más caras de las que uno supone. Y nuevos rostros o rostros que reaparecen hacen su trabajo. Un psicoanálisis de morondanga se impone por sobre los hechos concretos. Triunfan el exceso de confianza en el lenguaje, el abuso de las palabras que generan enfermedades y no alivian la existencia. Prueba sobre prueba. Acción sobre acción.

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